Moncho Reboiras no fue un terrorista. Alto y claro. Fue un nacionalista gallego antifranquista al que la siniestra policía de la dictadura asesinó a tiros. No se puede tolerar que la desinformación —obviamente interesada— cambie la historia a su gusto. Cada uno tendrá su idea y hará los juicios de valor que estime oportunos, pero los hechos son tozudos, y los periodistas tenemos la obligación moral no solo de atenernos a ellos sino de combatir a quienes intentan tergiversarlos. Luego la clase política los aprovechará como considere. Ejemplo: la presidenta Ayuso asegurando que vivió en su bronco viaje a México «una situación de peligro extremo», y lanzando diatribas contra el Gobierno de aquí y el de allá; para todo hay que valer. Pero esa clase política debe tener enfrente, una vez más, a los periodistas intentando aproximarse a la escurridiza verdad.
Colocar una estatua de Moncho Reboiras en pleno Santiago es totalmente lícito y una estupidez. Que en su Dodro natal lo recuerden y homenajeen entra en el capítulo de lo lógico; que el Ayuntamiento de Santiago haga lo propio solo se explica por una ceguera política rayana en el sectarismo.
Ese es un debate. Y cualquier postura explicada con serenidad y coherencia debe ser bienvenida. La que no es bienvenida es la payasada de echar sobre la estatua pintura roja y dejar allí mismo una nota cuya lectura permite recomendar cariñosamente a su autor que acuda a un psiquiatra, esperando que la policía —que es la antítesis de aquella que asesinó al dirigente nacionalista— tome buena nota y proceda. Porque alguien que comete un acto vandálico de ese estilo y escribe lo que escribe no lleva camino de ser un honrado ciudadano.