Petróleos

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22 mar 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

A mediados de los años sesenta, Stavanger era una discreta ciudad de la costa de Noruega en la que la industria local de la conserva flaqueaba. La comunidad se preparaba para afrontar una de esas crisis existenciales que afectan a los territorios, sometidos al vaivén de la historia y los caprichos de la economía. El futuro pintaba mal. Pero justo al final de la década, en 1969, un hallazgo rectificó el rumbo previsto: bajo el lecho del mar del Norte esperaba para ser explotado el mayor yacimiento de crudo de toda Europa, el Ekofisk. El hallazgo rectificó enseguida lo que el destino parecía depararle a Stavanger, que de pronto se convirtió en una ciudad pujante en la que todo el mundo se quería quedar y a la que todo el mundo quería ir. Desde Stavanger primero y en el Parlamento después se decidió también que toda aquella riqueza que ocultaba el mar bajo la la plataforma continental noruega tenía que beneficiar al pueblo. Llamémosles tolos. Así que, a pesar de las presiones de los estadounidenses, acostumbrados a explotar los recursos naturales del planeta sin muchos miramientos, los noruegos aprobaron un documento revolucionario conocido como los diez mandamientos del petróleo. Entre ellos, la constitución de una compañía petrolera nacional cien por cien propiedad del Estado que debería competir con otras privadas pero, sobre todo, la creación de un Fondo Soberano cuya filosofía era institucionalizar la austeridad y el ahorro para asegurar el futuro, al imponer que el Gobierno de turno solo podía dedicar el 3% de los valores de ese fondo a mejorar la vida de los noruegos. Hoy ese audaz artefacto financiero es el mayor del mundo, tuvo un rendimiento del 13% el año pasado y ese tres por ciento que en su momento parecía una menudencia genera cada año unas aportaciones a las arcas del Estado descomunales.

Todo este proceso revolucionario que cambió para siempre la vida de los noruegos se cuenta de forma exquisita en El tiempo de la felicidad (Filmin), una serie de tres temporadas que acompaña el brutal pero delicado proceso de cambio que experimentó Stavanger. Entre otras cosas, la serie destila también el orgullo de ser noruego, al menos en esa decisión que alejó al país de los modelos de explotación de recursos habituales en otras partes del mundo, en los que un tesoro como el petróleo es en realidad una gran fuente de desigualdad o una oportunidad para que alguien de fuera se lo lleve crudo. En Galicia tenemos nuestro propio y cotizado petróleo. Mirar hacia Noruega nos vendría muy bien.