Me invita a un recital en la Gran Peña el joven pianista Raúl Canosa, que visita Madrid fugazmente, para presentar su primer disco, Serenatas y danzas españolas (Le Salon de la Musique), antes de regresar a Dallas, donde completa su formación bajo la égida de Joaquín Achúcarro, nonagenario y sin embargo todavía rebosante de entusiasmo por su oficio. También Raúl Canosa, que apenas cuenta con veintiséis años, participa de ese mismo entusiasmo, que lo ha empujado a grabar este insólito disco, en el que prueba a ‘maridar’ piezas poco difundidas de compositores españoles de muy diversas épocas: así, una Serenata española, de Joaquín Rodrigo, se empareja con otra de Malats, la Serenata de Torre Bermeja, de Albéniz, con A l’ombre de Torre Bermeja, del mismo Rodrigo, etcétera. Canosa ha tenido el acierto de incluir también en su disco obras de compositores jóvenes, desde una serenata de Miguel González-Vallés a un fandanguillo de Carlos Danés; y se ha atrevido, incluso, a dialogar con una Jota de Joaquín Larregla, componiendo él mismo una fantasía sobre temas populares aragoneses que es la pieza más difícil y agitada de todo el disco, todo un alarde de virtuosismo, con la tradición española al fondo, como un río espejeante.
Raúl Canosa, en su recital de la Gran Peña, presenta cada una de las piezas que se dispone a interpretar, con una suerte de aquietado ... fervor. Aunque es todavía muy joven, tiene una rara mezcla de aplomo y frescura que lo hace muy antiguo y muy moderno a la vez, como quería Rubén que fuese la nueva poesía. Ama la tradición con un amor que no es el amor idólatra de los adoradores de cenizas, sino el amor en vilo de los portadores de la antorcha; y se muestra desdeñoso de las modas fugaces, de las corrientes en boga, de toda esa bisutería infame que nuestra época encumbra, para consumo de masas. Canosa tiene una mirada ávida y una sonrisa pudorosa, como si en su alma se amalgamasen esos dos amores en apariencia contrarios sobre los que se funda una auténtica vocación artística: el amor abnegado por un lado, el amor arrebatado por otro. Sólo quien profesa esos dos amores simultáneos a su vocación puede ser auténtico artista: pues el amor abnegado, cuando le falta la llama del arrebato, puede acabar en rutina complaciente, como tantos matrimonios fiambres; y el amor arrebatado, cuando le falta la serena perseverancia, puede disiparse como una borrachera o una ilusión.
Mientras Raúl Canosa se vuelca sobre el piano me viene a la memoria un bello y extraño libro, Enemigos de la promesa, donde un escritor en gran medida fracasado –Cyril Connolly– señala los enemigos principales a los que se enfrenta la vocación del joven escritor (y aquí puede decirse también artista o creador en general). Connolly alertaba en aquella obra de los peligros del éxito, ese fatuo espejismo que malogra tantos talentos, devorándolos en su remolino de aplauso social, publicidad ruidosa y fama adventicia. También advertía Connolly sobre la insidiosa tentación de los trabajos subalternos, que dispersan y acaban por agotar el ímpetu del artista y lo incapacitan para la obra personal de alto vuelo. Y recordaba que la ambición del artista no se prueba concibiendo grandes proyectos, sino ejecutándolos; tarea para la que, sobre todo, se necesita mucha humildad, mucha capacidad de renuncia y sacrificio, mucho tesón callado, mucho desdén por las alharacas y reclamos del mundo, mucho pundonor para erguirse una y otra vez entre las ruinas, cada vez que nos derriban. Todo esto le faltó, precisamente, a Cyril Connolly, cuyo cinismo e indolencia acabaron convirtiéndolo en un zoilo amargado, uno de esos eunucos que saben cómo se hace, pero no pueden hacerlo.
Raúl Canosa, que sabe cómo se hace y puede hacerlo divinamente, tendrá que esforzarse mucho para proteger su vocación de la amargura, para curtir su entusiasmo frente a los desalientos, para que su talento en tromba no se deje enjaular por la rutina. Mientras lo veo entregarse ante el piano, mientras sus manos se despeñan por el teclado y buscan codiciosas el secreto de las notas, me emociono ante la visión sagrada del artista entregado en cuerpo y alma a su vocación; es una visión que infunde a un tiempo admiración y miedo, porque un artista bendecido por el genio y en plenitud de forma es algo tan hermoso y tan terrible como una tormenta que rasga el firmamento.
Cuando acaba su recital entre nutridos aplausos, Raúl Canosa se inclina ante el público, agradecido y cortés. Tiene todavía la mirada ávida y la sonrisa pudorosa de quienes han logrado amalgamar los dos amores sobre los que se funda una vocación. Aplaudo yo también, feliz amigo de la promesa.
Publicidad
Noticia Patrocinada
Más de
Desayuno de domingo con...
Texto: Virginia Drake / Fotografía y vídeo: Javier Ocaña
En otros medios
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia