Son al budismo lo que la Capilla Sixtina al cristianismo. Los murales de los templos tibetanos hablan de su historia y mitos, pero también son un camino hacia la iluminación. Vetados durante siglos a los no iniciados, el fotógrafo Thomas Laird ha gozado de un acceso excepcional para crear un libro monumental.
No se debe enseñar el significado del vacío a quien no está capacitado para ello». Esta advertencia del Dalái Lama ha regido durante tres siglos el acceso a los murales de su capilla privada en el palacio Lukhang, un pequeño palacio de tres plantas, en la ciudad sagrada de Lhasa, por cuyas paredes de esplendorosos frescos se la ha comparado con la Capilla Sixtina.
En el tercer piso del templo, en una penumbrosa estancia, un inmenso y colorido tríptico muestra prácticas de sexo tántrico, deidades iracundas y técnicas secretas ... de meditación que, entre otras cosas, instruyen en el estrangulamiento como medio para inducir experiencias cercanas a la muerte en el camino hacia la iluminación.
Son escenas a las que, desde el siglo XVIII, cuando se pintaron, apenas habían tenido acceso los dalái lamas y sus maestros, monjes y yoguis tántricos. Por razones de peso: eran peligrosos para los no iniciados.
«Sin un conocimiento adecuado y sin la debida experiencia o guía, estas prácticas podrían provocar lesiones o incluso la muerte –explica el líder tibetano, de 87 años–. Existe, además, un peligro real de malinterpretar preceptos esenciales. Por ello debían permanecer en secreto». Tres siglos de secretismo, sin embargo, acaban de pasar a la historia.
El libro Murals of Tibet (Taschen) saca por primera vez de sus monasterios, palacios y templos el esplendor y los misterios de los murales tibetanos. Para ello, el fotorreportero norteamericano Thomas Laird –autor de obras como La historia del Tíbet: Conversaciones con el Dalái Lama– pasó cinco años escaneando palmo a palmo, con una precisa tecnología digital, más de 200 frescos budistas en el techo del mundo. Una intensa exposición a la iconografía budista que transformó incluso al propio artista: «Descubrí que la espiritualidad no surge de la creencia, del mismo modo que la sabiduría no surge del conocimiento», reflexiona Laird.
Las imágenes de Laird son tan precisas que desvelan detalles e inscripciones nunca observadas in situ. Revelaciones que permitirán a estudiosos del budismo, yoguis y adeptos de la meditación y el mindfulness usarlas como parte de sus investigaciones y prácticas.
No en vano, como explica Laird, toda la meditación contemplativa tibetana implica la visualización mental del Buda (el iluminado) o de un bodhisattva (el que camina hacia la iluminación) y se basa en imágenes visualizadas con precisión. «Los murales son la partitura, interpretarlos depende de nosotros», ilustra el fotógrafo.
Interpretarlos, entenderlos, en todo caso, no es sencillo. Para ello se requieren conocimientos profundos sobre la tradición y las prácticas reflejadas en ellos. Este es, de hecho, el motivo por el cual durante siglos los tibetanos habían mantenido en secreto muchos de sus frescos. Hasta ahora.
«Hoy el Tantrayana (budismo tántrico) es un secreto a voces –explica el Dalái Lama–. Todo el mundo habla, lee y escribe sobre ello difundiendo a veces percepciones erróneas. La gente cree, por ejemplo, que es una vía rápida para alcanzar la iluminación. Por eso, si lo seguimos manteniendo en secreto, muchos que carecen de una comprensión genuina seguirán escribiendo libros y creando malentendidos. Por eso es mejor mostrar el Tantra y explicar su verdadero significado».
Robert Thurman, uno de los mayores expertos en la materia –sí, también padre de la actriz Uma Thurman– y el primer americano ordenado monje por el Dalái Lama hace más de 45 años, aporta un poco de luz al asunto: «Entre los siglos V y XII, los psiconautas, practicantes tántricos avanzados, desarrollaron técnicas yóguicas para simular los procesos de muerte y resurrección. Querían servirse así de la fluidez del sueño para explorar identidades alternativas, transmutar las energías negativas en positivas y activar el cerebro, la garganta, el corazón, el ombligo y los centros sexuales en busca de la dicha y la alegría».
En esas investigaciones tántricas, los murales, con sus deidades eróticas y feroces, jugaron un papel determinante ya que el yogui debe adoptar esas formas al atravesar las zonas peligrosas del inconsciente para transformar esas energías negativas en positivas.
Para entender mejor los murales es necesario conocer el contexto en el que fueron creados. Fundado por el buda Gautama, un príncipe indio, asceta, meditador, eremita y maestro espiritual en los siglos VI o V a. C, el budismo es un movimiento educativo-social, religioso y filosófico-científico. Su principio fundamental es que, entre todos los seres, los humanos somos afortunados por haber evolucionado desde experiencias en otras formas de vida –el propio Gautama cedió su cuerpo real a una tigresa y fue rey mono, elefante y venado– hasta poseer un elevado grado de compasión e inteligencia. Buda, además, no es el nombre de una persona sino aquel que alcanza la iluminación. Y han sido 29 a lo largo de la historia.
Gracias al lenguaje, la perspicacia y la imaginación podemos trascender nuestra percepción errónea de nosotros mismos y del mundo, liberarnos de todo sufrimiento –hay 84.000 pasiones negativas que atrapan a todos los seres– y descubrir la felicidad de vivir en amorosa interrelación con los demás. Dicho objetivo se logra no solo por la fe, sino por la comprensión, desarrollada mediante un proceso de educación ética, espiritual y científica. Es decir, el budismo, más que una religión, como se define actualmente, fue un movimiento educativo, y el arte parte de su pedagogía.
Al igual que muchos tibetanos, el actual y decimocuarto Dalái Lama fue instruido en el budismo y la historia de su país a través de la pintura antes de aprender a leer. Los murales marcaron su infancia en los años 40, antes de que China se anexionara el Tíbet en 1950.
Su mundo, sus creencias, tomaron forma ante las paredes pintadas con colores y mensajes poderosos, instrumento para la meditación y camino hacia la iluminación, y lo han acompañado durante toda su vida. Ni siquiera el largo exilio ha conseguido borrar esas imágenes de su memoria. Y hace bien en recordarlas.
Si regresara hoy a su tierra, 63 años después de su huida a pie cruzando el Himalaya hasta la ciudad india de Dharamsala, el maestro reencarnado apenas encontraría los frescos entre los que creció. Entre los años 50, 60 y 70, durante el gobierno de Mao Tse-Tung y su Revolución Cultural, fueron destruidos cerca de 6000 monasterios tibetanos y, con ellos, una cuarta parte del acerbo muralista de esta cultura milenaria.
Antes de eso, muchos otros frescos corrieron igual suerte durante la II Guerra Mundial. Para colmo, las autoridades chinas llevan años dificultando las tareas de restauración y conservación, un modo más de hacer patente su dominio sobre el, a ojos de Pekín, díscolo pueblo de la meseta más alta y extensa del planeta.
Por eso el trabajo de Thomas Laird contó con la bendición del líder tibetano. Los murales, al fin y al cabo, son la herencia en peligro de extinción de una cultura única por su evolución en los últimos 1400 años. Al fin y al cabo, la civilización tibetana, guiada por el budismo y su arte, pasó de ser un imperio militar a una sociedad que orientó la vida de la mayoría de sus ciudadanos a la educación espiritual. Una evolución casi milagrosa que los tibetanos explican con un mito, recuperado por Robert Thurman para el libro publicado por Taschen.
Avalokiteshvara, el bodhisattva celestial que encarna la compasión universal, hizo una promesa ante Amitabha Buda, su maestro cósmico. «Educaré a la gente salvaje del Tíbet, a los que engendré en mi vida anterior como monje mono al aparearme con un demonio de las montañas. Si logro que vuelvan sus mentes hacia el Budadharma, entonces otros humanos menos salvajes podrán civilizarse también. Así que dejaré mi paraíso Potalaka, en mi montaña mágica al sur de la India, subiré a la Tierra de las Nieves y meditaré e irradiaré amor y compasión ilimitados, y tarde o temprano todos se convertirán en sabios y amorosos bodhisattvas. ¡Y si alguna vez me desanimo, que mi cabeza y mi cuerpo se rompan en mil pedazos!».
Vida tras vida, el gran bodhisattva irradió la luz de su energía amorosa sin conseguir que los tibetanos dejaran de ser violentos, codiciosos, engañosos, mezquinos y arrogantes. Al borde de la desesperación, lloró dos lágrimas que, al derramarse, se convirtieron en dos diosas Tara, una verde y otra blanca. «No te enfades –le dijeron–. Después de todo, sólo eres un hombre. Las mujeres somos mucho más enérgicas y te ayudaremos. ¡Déjanos los milagros a nosotras!».
Reforzado por las diosas, Avalokiteshvara, el bodhisattva celestial, continuó algunos siglos más de vidas hasta que, desesperado al fin, su cuerpo se desgarró en pedazos y Amitabha Buda acudió en su ayuda. Éste bendijo sus miembros descuartizados y Avalokiteshvara se convirtió en el bodhisattva de mil brazos, mil ojos y 11 cabezas, encarnando la compasión y la energía necesaria para lidiar con los feroces tibetanos.
Y esta es, en última instancia, la raíz que habita en estos murales, piezas claves de la transformación tibetana. Su contemplación y estudios intensivos, de hecho, también transformará a numerosos seguidores de Buda y, quizá también, a muchos recién llegados al budismo, como hicieran en su día con el propio Thomas Laird después de exponerse a sus mensajes y misterios durante cinco años.
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