Afecta a un diez por ciento de la población, pero en nuestro país sigue sin diagnosticarse ni tratarse adecuadamente. La tecnología puede cambiar las cosas. Ya existen aplicaciones informáticas que logran que los afectados aprendan con éxito. Eso sí, de otra manera. Se lo contamos.
Por María de la Peña
Domingo, 8 de enero 2023, 10:30
Desde que Steve Jobs dijo que tenía dislexia, parece que ser disléxico está de moda. ¡Por favor! esto es algo muy serio. Yo soy disléxico y lo viví de forma angustiosa en mi infancia». Así comienza una charla pública de la lingüista e investigadora española Luz Rello (Madrid, 1984), una de las mayores expertas en dislexia. Ella tiene claro que este trastorno se encuentra en la raíz de muchos casos de fracaso escolar y de problemas emocionales asociados, como una baja autoestima. Es el caso de Iria Herrero, de 23 años.
«La gente, en general, no sabe lo que es la dislexia –dice Herrero–. Ser disléxico conlleva muchos más problemas que solo confundir la izquierda ... con la derecha. Es todo mucho más complicado. Mis profesores me llamaban 'inútil' y mis padres me decían que suspendía porque no estudiaba. Es la falta de comprensión lo que más me ha afectado». A pesar de acumular suspensos en su etapa escolar, estudió realización audiovisual –«me costó mucho»– y está a punto de irse a Inglaterra para aprender inglés.
El problema de la dislexia –que afecta a entre un 8 y un 11 por ciento de la población española, según las estadísticas de la Unión Europea– es que sigue siendo un trastorno desconocido en nuestro país, sobre todo si se compara con su natural convivencia en el Reino Unido y Estados Unidos.
«Me di cuenta de que España era uno de los peores países de la Unión Europea para tener un hijo con dislexia, por la falta de ayudas escolares –revela Kathryn Hart, estadounidense afincada en España desde hace 25 años y madre de Ginebra, una niña de 9 años con dislexia–. Unas Navidades, me regalaron un iPad y me descargué aplicaciones para que mi hija aprendiera el alfabeto. En cinco días aprendió lo que no logramos en todo el otoño luchando». A raíz de esto, y gracias a su pasado audiovisual –fue productora ejecutiva de Pocoyó–, creó en 2012 la aplicación en inglés Alphabetics, «basada en un enfoque de aprendizaje multisensorial, porque es una metodología científicamente probada».
«Los docentes y las administraciones educativas están a años luz de lo que debería ser la detección y el manejo de estos alumnos. Incomprensiblemente, se siguen sin aplicar medidas muy sencillas que los ayudarían muchísimo. No olvidemos que la dislexia está muy asociada al déficit de atención –señala Anna Sanns, una de las grandes expertas españolas en trastornos del neurodesarrollo y aprendizaje infantil–. No se puede poner un cero en un dictado a un niño con dislexia porque comete faltas de ortografía. Necesitan evaluaciones distintas, dejarles utilizar el ordenador, el corrector informático».
Sanns se pregunta por qué es tan difícil que el conocimiento científico llegue al mundo escolar. De hecho, ya existen aplicaciones como Piruletras –que son ejercicios específicos, en forma de juego, para mejorar la ortografía–, o como Dyswebxia –que incluye, entre otros programas, text4all, el cual traduce páginas reemplazando con sinónimos las palabras dificultosas para facilitar su lectura– y como Ideal Group Reader, un lector de e-books que lee en voz alta los textos, incluido el lenguaje matemático.
Desde que hace algo más de cien años se publicara por primera vez una descripción de la dislexia, científicos, educadores y médicos no han parado de debatir sobre su definición, su diagnóstico y su tratamiento. Ahora, la definición más aceptada es la de la Asociación Internacional de Dislexia (2002): «Dificultad específica de aprendizaje, de origen neurobiológico, que se caracteriza por dificultades en el reconocimiento preciso y fluido de las palabras y por problemas de ortografía y descodificación. Esas dificultades resultan de un déficit en el componente fonológico».
Pero todavía hoy, según el profesional que la describa, la definición varía. Tampoco hay un disléxico igual a otro. De ahí la confusión y la dificultad a la hora de detectarla. «En la dislexia hay grados de dificultad y diferentes tipos de dificultades, que a su vez tienen distintas causas», explica Manuel Carreiras, director del Basque Center on Cognition, Brain and Language de San Sebastián, uno de los pocos centros que investiga la dislexia en España.
A pesar de la ambigüedad del diagnóstico, las técnicas de neuroimagen han permitido conocer que el cerebro de la persona con dislexia es distinto. «El trastorno es consecuencia del mal funcionamiento de ciertos genes durante el desarrollo embrionario. Gracias a los estudios de neuroimagen, hoy sabemos que ciertas áreas del cerebro de los niños con dislexia funcionan de manera distinta. Especialmente el área temporal superior del hemisferio izquierdo, responsable del procesamiento fonológico, y el área occipitotemporal, responsable de la formación de las representaciones visuales de las palabras», explica Fernando Cuetos, catedrático de Psicología del Lenguaje de la Universidad de Oviedo e investigador del trastorno.
María Sanz-Pastor (Madrid, 1969) es la presidenta de la Asociación Madrid con la Dislexia y madre de seis hijos –de entre 18 y 5 años–, todos ellos con dislexia. El marido de María también la tiene, aunque fue diagnosticado tardíamente. Estos seis niños son la prueba del posible componente hereditario de la dislexia. La historia de María es sorprendente. Hace dos años montó un blog, Mis disléxicos, ayudada por una de sus hijas. «Estaba desesperada, estresada, y buscaba desahogarme, convencida de que solo me leerían mi madre y poco más». Lo que María no se esperaba es el interés que generaron sus posts diarios entre otras madres de niños con dislexia.
La dislexia no es una enfermedad y, por tanto, no se cura. Se arrastra toda la vida. Pero no impide tener éxito en el desarrollo personal y profesional. «Mis seis hijos reciben aún terapia de un logopeda. Tienen que trabajar duro y nosotros también con ellos en casa. Pero la prueba de que la dislexia no es una limitación es que mi hijo mayor está estudiando Ingeniería de Telecomunicaciones», afirma orgullosa Sanz-Pastor.
Además de su detección temprana, los expertos recomiendan desconfiar de los terapeutas que prometen eliminar la dislexia de forma milagrosa. «Hay que buscar siempre los hallazgos científicos que sustentan los tratamientos. Y cada vez hay más», concluye Carreiras.
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