
El Dépor está ya definiendo su preparación de cara a la próxima temporada y en ella, lógicamente, se incluyen una serie de partidos de pretemporada. Algunos serán más atractivos para sus seguidores, y otros, menos. De todos se extraerán conclusiones. Unos serán válidos de cara a definir cambios necesarios o a mantener los planes del entrenador, y otros, no. Pero de entre todos ellos, me ha llamado la atención —y no por algo relacionado con su posible repercusión deportiva— el que se va a jugar en Barcelos contra el equipo de la ciudad, el Gil Vicente.
Para empezar, es llamativo que un club de fútbol lleve el nombre de una persona y no el de su ciudad o alguno de esos apelativos —más frecuentes entre los anglosajones— del estilo de «los tigres», los «avispones», o «los tiburones» de algún lugar. Y en segundo lugar, es totalmente inusual que esa persona no sea un antiguo presidente o fundador del club, sino ¡un escritor! Que vivió a caballo entre los siglos XV y XVI. ¿Alguien se imagina un partido entre el Quevedo y el Lope de Vega, por ejemplo? A Gil Vicente, que estudió en Salamanca y escribió tanto en portugués como en castellano, se le considera como el padre del teatro portugués y, en parte, también del español. ¿Y cómo llegó un equipo de fútbol portugués a denominarse como el ilustre dramaturgo? Pues la respuesta es curiosa: en 1924, un grupo de amigos radicados en Barcelos y cautivados por el fútbol decidieron fundar un club. Tal vez les ocurría como a Miguel Delibes, que decía que «ni la natación, ni la bicicleta, ni la caza tiraron de mí con la fuerza con que lo hizo el fútbol a los ocho o nueve años», así que decidieron, llenos de ilusión balompédica, darle forma legal a su afición. Y seguramente, la segunda cuestión que se plantearon después de tomar la decisión fundacional fue buscar un nombre.
En aquella época jugaban en un parque situado junto al teatro de Barcelos, y todos los días, al pasar con el balón bajo el brazo, veían el friso del edificio con el nombre tallado: «Teatro Gil Vicente». Y en una demostración de que fútbol y literatura no están reñidos, eligieron ese nombre para el club. Hay unos cuantos futbolistas profesionales y entrenadores que, además, se han lanzado a la escritura. Son muchas horas de viajes, de tiempo en hoteles y concentraciones, que se prestan a ello. Tal vez uno de los más conocidos sea Jorge Valdano, pero dejando aparte a los que escriben —o a los que les escriben— libros sobre su manera de ver el fútbol o sus biografías, el primero que conocí fue Terry Venables. El que fuera entrenador del Barça de mediados de los ochenta y después de las selecciones inglesa y australiana escribió varias novelas más que aceptables protagonizadas por un detective llamado James Hazell. Después, otro entrenador que llegó al Dépor en el 2017, Pepe Mel, lo hizo con tres libros editados bajo el brazo (y escribió otros tantos después).
Entre los jugadores, llama la atención Miguel Pardeza, un menudo —mide solo 165 centímetros— futbolista de la Quinta del Buitre que jugó en el Real Madrid y el Zaragoza, además de ser internacional con España, y que ha publicado recientemente un libro de aforismos. Tal vez los aforismos sean una metáfora del fútbol: frases u oraciones breves, que serían como un regate o un chut, o incluso una falta, en las que se expresan ideas de manera concisa y fácilmente comprensible, o se da una descripción particularmente elocuente de algo para que sea recordado… Como el penalti de Djukic o el gol de Iniesta, vamos.