
La Declaración Universal de los Derechos del Niño establece con claridad que todas las niñas y todos los niños, sin distinción alguna, tienen derecho a la protección y al desarrollo en condiciones de dignidad. No hay matices ni condiciones: o aceptamos esta premisa o la negamos, pero lo que no podemos hacer es aplicar criterios políticos o administrativos que rebajen su valor. Porque los niños son niños, vengan de donde vengan.
El reciente debate sobre la distribución de menores migrantes en España ha vuelto a poner en evidencia la falta de planificación y la improvisación con la que a menudo se abordan estas cuestiones. No se trata solo de recibir a estas niñas y niños, sino de hacerlo con los recursos, la planificación y la mirada adecuada: una que entienda la diversidad cultural como una riqueza y no como un problema.
Europa sabe bien que necesita migración. Su pirámide poblacional se resquebraja y la llegada de nuevos ciudadanos es clave para sostener el futuro del continente. Pero la migración solo es una oportunidad si se gestiona con inteligencia, evitando guetos y apostando por modelos de integración reales. Esto implica inversión en educación, en recursos sociales y, sobre todo, en personal profesional capacitado para acompañar a estas niñas y niños en su proceso de adaptación. Porque muchas de estas personas llegan sin idioma, sin referentes, sin redes de apoyo. No podemos esperar que construyan su vida aquí si no les damos las herramientas para hacerlo.
Es necesario recordar que estas niñas y niños no han elegido su destino. Han huido de la violencia, de la pobreza extrema o han sido enviados por sus familias con la esperanza de un futuro mejor. Su realidad no se resuelve con discursos simplistas ni con soluciones de emergencia. Lo que necesitan es un proceso de inclusión plena que contemple acompañamiento personalizado, aprendizaje del idioma, acceso a la educación, formación laboral, y un acompañamiento socioeducativo y psicológico.
El discurso del miedo y la saturación no puede ser la única respuesta. El sentido común sitúa las amenazas a nuestra sociedad en el contexto de la política internacional y el nuevo papel que está jugando Estados Unidos. ¿En serio nos creemos que 4.000 niños son una amenaza para un país de casi 50 millones de habitantes? Las respuestas deben enfocarse a dotar de recursos a las comunidades de acogida, formar a los profesionales y garantizar que estas niñas y niños no sean trasladados como paquetes de un territorio a otro sin una planificación adecuada. Y, sobre todo, es fundamental recordar que detrás de cada cifra hay una historia, una infancia, una oportunidad de futuro.
Es un clamor social la necesidad de acuerdos políticos sobre temas relevantes. Los temas sociales deberían serlo. Es imprescindible generar espacios de consenso más allá de las tácticas políticas, porque hace tiempo que dejaron de ser estrategias.
En este debate nos jugamos mucho más que el reparto de personas. Nos jugamos la coherencia con nuestros propios principios y la capacidad de construir sociedades más justas e inclusivas. Porque la verdadera medida de una sociedad no está en su capacidad de acoger, sino en su capacidad para integrar.