Es el nuevo enemigo del crimen. Una técnica que permite acceder a la mente humana. La prueba P300 está revolucionando la investigación. En los EE.UU. ya ha permitido condenar a un asesino y absolver a un inocente. Hablamos con los doctores Farwell, su inventor, y Valdizán, que la utilizó con el asesino de Marta del Castillo. Así funciona el gran soplón interior.
Durante 23 años, James B. Grinder guardó un secreto atroz. Estaba oculto bajo su cráneo, protegido del mundo, a salvo. O eso pensaba él... En su mente habitaban los fantasmas de sus víctimas. Había violado y asesinado a cuatro chicas –dos de 13 años y una de 14 en 1976, y otra de 25 en 1984–, la Policía sospechaba de él, pero, sin testigos ni evidencias en su contra, Grinder estaba convencido: jamás lo cogerían. Pero se equivocaba. Una traición arruinó sus planes. Y el traidor, por extraño que parezca, fue el propio Grinder. O mejor dicho: su subconsciente.
La verdad salió a la luz el 5 de agosto de 1999. Esa mañana, Grinder se despertó tranquilo. En unas horas, como principal sospechoso de ... uno de aquellos asesinatos, sería sometido a una especie de prueba de la verdad. Él confiaba en su sangre fría, el arma con la que llevaba tanto tiempo esquivando a la justicia. Pero Grinder desconocía el poder inquisitivo de la onda P300. Tampoco había oído hablar de Lawrence Farwell cuando se quedó a solas con él en una sala del penal de Misuri donde Grinder cumplía una leve condena por robo.
Farwell llevaba años desarrollando, gracias al millón de dólares que le dio el Gobierno de los Estados Unidos y la colaboración del FBI, la CIA y la US Navy, una prueba pericial basada en el estudio de esta respuesta cerebral. Su premisa de partida, muy del agrado de las autoridades de su país, era la siguiente: si un asesino o un terrorista sabe que podemos acceder a su cerebro, se lo pensará dos veces antes de actuar. «La P300 se activa al evocar un episodio autobiográfico –explica el científico desde su despacho, en Seattle–. Si conseguimos dispararla mediante estímulos dirigidos, como mostrar al sujeto detalles de un crimen solo conocidos por el autor del mismo o por la Policía, comprobaremos, por sus reacciones cerebrales, si en su mente hay almacenada determinada información».
Farwell le puso a Grinder un equipo de electroencefalografía y lo sentó ante un ordenador que, en forma de imágenes y palabras, proyectaba detalles que solo podrían ser conocidos por el asesino de Julie Helton, una joven de 25 años violada, golpeada de forma brutal y acuchillada en el cuello, y por los investigadores del caso.
«La prueba –recuerda Farwell– mostró claramente que su cerebro almacenaba la información que buscábamos. Al sospechoso no se le hacen preguntas de ningún tipo, no necesita decir nada, pero Grinder, de pronto, entendió que lo habíamos cazado y me lo confesó todo allí mismo». En los días posteriores, incluso, mientras accedía a declararse culpable a cambio de sortear la pena de muerte, admitió la autoría de los otros tres asesinatos cometidos en 1976.
«Si la prueba está bien diseñada, no hay nada que el sujeto pueda hacer para engañarnos, salvo cerrar los ojos, dormir o alterar con drogas el funcionamiento cerebral», explica José Ramón Valdizán, el neurólogo español que la utilizó de forma pionera en Europa. La clave para obtener resultados es que las imágenes que se muestran al sospechoso coincidan realmente con el recuerdo que se busca despertar. Es decir, es fundamental saber cuál es el estímulo preciso que puede disparar la P300. En el caso de alguien que ha ocultado un cadáver, por ejemplo, habría que mostrarle el lugar exacto en que se deshizo de él. Y esa es la gran dificultad, ya que los investigadores no siempre conocen detalles de este tipo con total seguridad.
La fiabilidad de la prueba, coinciden Farwell y Valdizán, es del 99,9 por ciento. Farwell se la ha realizado ya a más de cien individuos. En una ocasión incluso permitió exculpar a un hombre, Terry Harrington, que llevaba 25 años preso por asesinato. «La P300 demostró que en su cerebro no había rastro de aquel crimen. El registro, por el contrario, confirmaba su coartada. La sentencia fue revisada y al poco salió libre –cuenta Farwell con orgullo–. Nadie ha logrado ‘engañar’ a una prueba de estas –prosigue–. Ni siquiera yo, que la inventé. Es más, llevo años ofreciendo 100.000 dólares a quien lo consiga. Y lo ha intentado mucha gente, créame».
Valdizán coincide con Farwell, pero subraya, eso sí, un punto débil. «Podía ocurrir que, en realidad, el sujeto –Miguel Carcaño por ejemplo–, no hubiera dejado el cadáver de Marta del Castillo en ninguno de los lugares que mencionó. Si fuera así, no tendríamos el estímulo preciso que presentarle para hacerle evocar la ubicación».
Aldizán, cuya destreza en el análisis de ondas cerebrales se apoya en más de dos décadas de trabajo con niños con TDAH y autismo –la P300 refleja el nivel de atención de los pacientes–, es un aventajado estudioso del trabajo de Farwell. «La aplicación pericial de ondas cerebrales es una ola que ya no se puede detener», afirma. Una revolución que, según anuncia el médico aragonés, no acaba ahí.
La prueba pericial de P300 es apenas el paso inicial de la intrusión cerebral que se avecina. Comparado con el vuelco que el análisis de ADN introdujo en tareas policiales, Valdizán afirma: «Esto es tan transformador como aquello. O más incluso. Piénselo bien: ¡penetramos en el subconsciente! Y, además, hay otras ondas, como la N400, que es discriminativa y podría decirnos, de verdad, si alguien miente; o la P600, que refleja anomalías en el léxico… Pero hay que financiar estudios para aplicar todo esto al campo pericial».
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