Ellas han superado un cáncer infantil: «Te hace madurar antes de tiempo y ves la vida de otra manera»

LA TRIBU

María, Uxía y Arelis padecieron la enfermedad y acaban de formar, junto con otros ex pacientes, un grupo para apoyar a familias que están pasando lo mismo que ellas en su día
22 feb 2025 . Actualizado a las 10:44 h.María Docampo, Uxía Alice Cañada y Arelis Rey tienen vidas totalmente diferentes, pero con dos puntos en común. El primero, que han superado un cáncer infantil. El segundo, la razón por la que quieren que la entrevista se haga conjunta, es que desde hace unas semanas se han propuesto unirse para apoyar a esos niños que, como ellas en su día, lo están sufriendo a día de hoy. Forman parte de Pulseras Amarillas, un grupo de apoyo formado por varios jóvenes gallegos supervivientes de un cáncer infantil, que cuenta con el soporte de la Asociación de Cáncer Infantil y Juvenil de Galicia (Asanog).
La primera en contar su historia es María Docampo, que tiene 22 años y es de Cerceda. La resume en una frase: «A los ocho años me diagnosticaron leucemia linfoblástica aguda y a los doce, recaí». Del primer episodio, recuerda que fue tratada con quimioterapia en el Hospital Materno de A Coruña, pero lo que más se grabó en su memoria, sobre todo teniendo en cuenta que ya era más mayor, fue la recaída. «Fue dura. Había pasado por eso anteriormente, sabía a lo que me enfrentaba, pero logré salir». María necesitó un trasplante y el donante fue su propio hermano mayor, que en aquel momento tenía 16 años. «Fueron tres meses de aislamiento muy intensos en los que estuve muy baja de defensas y no tenía energía ninguna. Fue un proceso que se me hizo largo, la verdad».

«Recuerdo que me dolía mucho la barriga», dice Uxía Alice Cañada cuando toma la palabra. En aquel momento tenía diez años (ahora, 19). «Me llevaron al hospital, me hicieron unos análisis y ya vieron que todos los niveles estaban disparados. Pronto confirmaron que tenía leucemia linfoblástica aguda, como María». La ingresaron y, aunque la edad le impide recordar con exactitud cuánto tiempo fue, confiesa que estuvo «un año, año y medio», en el hospital.
La leucemia linfoblástica aguda es un tipo de cáncer infantil en el que la médula produce demasiados linfocitos inmaduros. Es el tipo de neoplasia más frecuente en la edad pediátrica, correspondiendo al 80 % de todas las leucemias agudas en este grupo de edad y, en la actualidad, la tasa de curación global se aproxima al 80 e incluso al 90 % de los pacientes.
La última en resumir su historia es Arelis Rey, de 33 años. «Cuando tenía diez me salió un bulto en la yugular. Me hicieron pruebas y me diagnosticaron linfoma de Hodgkin». Una patología maligna del sistema linfático, una parte del sistema inmunitario del cuerpo, que se caracteriza por la presencia de células atípicas específicas, conocidas como Reed-Sternberg. Tal como le pasó a Arelis, uno de los síntomas más característicos es el aumento indoloro de ganglios linfáticos que suele ocurrir en áreas como el cuello, las axilas o la ingle. Estos ganglios pueden volverse duros al tacto y aumentar de tamaño.
«Me trataron en el Hospital Clínico, en Santiago. Primero fueron ciclos de quimioterapia y luego radioterapia», cuenta Arelis. Ella está dada de alta, «pero durante los primeros diez años, te hacen revisiones; primero cada seis meses, luego cada año». Un protocolo en el que sí se encuentran Uxía y María, ya que todavía no se ha cumplido ese tiempo desde que recibieron el diagnóstico.
Cuando la vida se frena
María, Uxía y Arelis tuvieron que dejar a un lado salir a jugar con otros niños. «Creo que, cuando pasas un cáncer en la infancia, nos afecta a nivel social porque esas relaciones que puedes llegar a tener con otros niños de clase, no las puedes mantener. Vas muy poco a clase o ni siquiera puedes ir», dice la primera. «Al final, en la leucemia, te quitan todas las defensas con la quimioterapia y tienes que estar aislado durante mucho tiempo», dice Uxía. A lo que Arelis, que concuerda, añade: «Sí, es lo que dicen ellas. Al final, los compañeros de hospital son los que se acaban convirtiendo en tu segunda familia. Había veces que veía más a los niños del hospital que a mi propia hermana».

Consecuentemente, sus pupitres también estuvieron vacíos durante mucho tiempo. «Va a la par, porque yo tuve la suerte de estar muy poco tiempo aislada, pero no iba al colegio. Iba días contados porque, además de que la quimioterapia te deja muy cansada, no puedes exponerte coger otros virus porque estás inmunodeprimida», explica Arelis.
María, que vivió ese proceso dos veces, cuenta que «cuando eres pequeño te adaptas mejor en esos contextos, pero cuando eres casi adolescente, como fue mi caso, creo que te cuesta un poco más. Te ves excluida de algunos contextos y en ese aspecto sí que afecta bastante». En su caso, el segundo diagnóstico le tocó empezando la Educación Secundaria y, si bien logró sacar el curso, «fue complicado porque no tenía fuerza ni para estudiar». Solo asistía a las aulas para hacer los exámenes. «Me costó bastante, pero tuve ayuda de mis profesores y compañeros, que me enviaban apuntes y ejercicios; fue así como logré sacarlo»
La vida no solo se paró para ellas. Se acuerdan de sus padres y de sus hermanos. María tiene uno mayor que ella, que le donó la médula. «Sé que a él también le acabó afectando porque, al final, toda la atención acabó recayendo en mí. Pero estuvimos juntos, dándonos apoyo». Arelis, que también tiene una hermana mayor, cuenta que «los padres lo acaban pasando fatal porque, además de ver a tu hija enferma, tienes que desatender, entre comillas, a la otra, porque tu prioridad es que el que tiene cáncer se cure».
Ellas tuvieron la suerte, con el tiempo, de poder regresar a esa vida infantil, pero sintiendo que ya habían dejado atrás esa etapa. «Un cáncer te frena la vida. Te hace madurar antes de tiempo. Haberlo pasado te recuerda que te puede cambiar la vida en un segundo», reflexiona Uxía. Y menciona una anécdota. «Al principio, cuando me dijeron que se me iba a caer le pelo, era lo que más me importaba. Lloré un montón. Pero a las dos semanas, ya me daba igual, y no le volví a dar vueltas en todo el tratamiento. De hecho, cuando empecé la ESO, fui con muy poco pelo y me daba totalmente igual».

Pulseras Amarillas
María estudió Logopedia y ejerce como tal en una clínica, Uxía está estudiando una carrera y Arelis acabó el grado de Relaciones Laborales y Recursos Humanos, aunque a día de hoy no se encuentre trabajando en ese ámbito. «El cáncer infantil se puede superar», subraya Arelis. Esta determinación es la que les ha llevado a unirse a muchos otros jóvenes de Galicia que también lo han conseguido. Son los Pulseras Amarillas, un grupo que pretende apoyar a otros niños y niñas que, como ellas en su momento, se encuentren pasando la enfermedad.
Desde Asanog, la asociación que está detrás de la iniciativa, explican que una de sus prioridades es acompañar a esos pacientes que se encuentran en la adolescencia, para servir como ejemplo. «Cuando estás en una situación así, siempre ayuda conocer a otras personas que lo han superado. Tanto para ellos como para las familias. Ayudarles y acompañarles en este proceso duro en el que, muchas veces, no cuentas con mucha información», dice Uxía. Un poco de luz en un túnel donde María, Uxía y Arelis son el claro ejemplo de que hay salida.